Biblioteca Popular José A. Guisasola

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Hace muchos años, se armó un lío bárbaro en el fondo del mar. Todo comenzó cuando las sardinas, de puro aburridas que estaban, bostezaron tres veces y dijeron que querían vacaciones. Muchos otros animales pusieron el grito en el cielo (o mejor dicho en el agua).

—DE NINGUNA MANERA —protestó el odioso del tiburón que siempre está de mal humor—. ¡Qué vacaciones ni ocho cuartos!

Y ahí empezaron los problemas. Porque las sardinas eran muchas (casi dos millones seiscientas cuarenta y dos mil setecientas catorce). Y estaban hartas del tiburón que mandoneaba a todo el mundo. Por eso le contestaron con su voz chiquita y mojada:

—No pedimos vacaciones sólo para nosotras, sino para todos.

Y claro, muchos apoyaron a las sardinas, porque quien más quien menos todos querían descansar un poquito de su trabajo acuático. A las ballenas, por ejemplo, les gustó la idea de tener unos días libres. Y también a las medusas que hacía rato que andaban con ganas de hacerse un viajecito en témpano al Polo Norte. Y ni hablar del pulpo que quería tomar clases de batería. O de las estrellas de mar que soñaban con conocer a sus primas del cielo.

—Las sardinas tienen razón —decían unos.

—Queremos vacaciones —decían otros.

Y que sí y que no, ya iban a pelearse cuando una tortuga sabía que cumplía 193 años y medio, les propuso que votaran para que decidiera la mayoría.

Y así se formaron dos grupos: los que estaban a favor de las vacaciones, liderados por las sardinas, y los que se oponían, con el tiburón a la cabeza.

Durante una semana, las sardinas fueron hasta el último rincón del océano para contar su propuesta. No dejaron ni una sola piedra, ni una sola caracola sin visitar, y en todas partes explicaron que durante las vacaciones, que iban a tomar por turnos, cada uno podía hacer lo que quisiera: jugar a la mancha burbuja, dormir la siesta, esquiar en la nieve, tomar jugo de naranja, comer chupín de algas… Pero no tenían que trabajar. El tiburón no se molestó demasiado en explicar nada, porque como todos le tenían miedo, estaba seguro de que nadie se atrevería a votar en su contra.

El día de la votación se formó una larga fila de peces, moluscos y bicharracos marinos frente a un barco hundido que funcionaba como cuarto oscuro. Había salmones con traje rojo, focas con bigotes, anchoas con las escamas despeinadas, anguilas flacas, almejas maquilladas con sal, delfines charlatanes, ostras que hablaban en francés, langostinos finos... Llegaban nadando, a upa de las olas o caminando para atrás como los cangrejos. Venían de todas partes: del mar de Japón y de la Bahía de Samborombón, de las costas de la China y de las islas Filipinas. El calamar (el único que tiene tinta) anotaba el nombre de los que entraban al cuarto oscuro, mientras el tiburón y las sardinas controlaban que nadie hiciera trampa y votara dos veces. La cosa era muy simple: el que quería vacaciones tenía que poner una perla blanca dentro del arcón pirata; el que no quería, una perla negra. No quedó nadie sin votar, hasta los hipocampos los trajeron a caballito para que no llegaran tarde.

A las seis de la tarde en punto, las sardinas dijeron:

—Es la hora del escrutinio.

—¿Del qué? —preguntó el tiburón que andaba flojo de vocabulario.

—Vamos a contar los votos —le explicaron las sardinas.

Y aunque pensaban que les iba a llevar mucho tiempo el recuento, todo fue muy sencillo, porque había miles de perlas blancas y una sola perla negra (la del tiburón, claro) que perdió la votación por mayoría aplastante. ¿Qué si estaba enojado? Enojado es poco. Furioso estaba. Se quería comer crudos a los que habían votado en su contra. Pero no pudo porque todos salieron corriendo (o mejor dicho nadando). Especialmente las sardinas que fueron las primeras en tomarse vacaciones. Desde entonces, por turnos, todos en el mar tienen unos merecidos días de descanso, que es cuando los pescadores sólo sacan con sus redes zapatos rotos y latas viejas. Y aunque el tiburón no lo quiere reconocer, una vez por año, él también se toma vacaciones y con un gorrito marinero y anteojos de sol, para que nadie lo reconozca, toma un helado de frutilla y chocolate, mientras pasea por las playas de Florida.



FIN


Cuentos cortitos para leer en un ratito
Colección Torre de Papel Roja
Grupo Editorial Norma
Autora: Liliana Cinetto
Ilustraciones: Silvia Jacoboni (Perica)


Visto y leído en:
https://issuu.com/kapeluszeditora/docs/cuentos_cortitos_para_leer_cap_mode
https://es.scribd.com/doc/113542445/Proyecto-aulico-seguir-a-un-autor-primer-ciclo




Algo le pasaba a la ciudad. Algo muy raro. Porque desde hacía un tiempo ocurrían en ella cosas MUUUUUY extrañas. Todo comenzó una tarde en que los semáforos de las esquinas se volvieron locos porque encendían y apagaban las tres luces al mismo tiempo. Y claro, como los autos no sabían si avanzar o detenerse, se armó un lío de tránsito terrible.

Después aparecieron charcos por todos lados, charcos como lágrimas enormes, aunque no había llovido. La gente protestaba un poco, porque tenía que saltar los charcos todo el tiempo o mojarse los zapatos. Pero lo peor fue cuando a la ciudad se le empezaron a enredar las calles. Sí, las calles que siempre habían estado quietas, en el mismo lugar, se torcieron para acá, se torcieron para allá y se mezclaron de tal manera que nadie sabía si iba llegar al sitio al que quería ir. Las personas se perdían. El que trataba de ir al hospital terminaba comprando manzanas en el mercado. El que pretendía ir a la comisaría aparecía en el zoológico dándole de comer galletitas a los monos. Y nadie les creía a los chicos cuando decían que querían ir al colegio pero al final siempre llegaban a la plaza.

El colmo de los colmos fue cuando los barrios se embarullaron de tal manera que nadie podía encontrar su propia casa.

—¿No vio un edificio de tres pisos con balcones que andaba por esta vereda? —preguntaba un señor, desde la puerta de un chalet.

—No, pero si ve un departamentito de un ambiente, me avisa —le contestaba otro, que tomaba mate en un patio.

Y al final, a la población se le acabó la paciencia. Y fueron a decirle a las autoridades que hicieran algo. Les costó llegar a la casa de gobierno, porque en lugar de estar como siempre al lado del río, estaba dentro de un cine. Las autoridades decidieron llamar a médicos, ingenieros y hasta una bruja para ver si alguien encontraba una solución. Todos revisaron la ciudad de arriba para abajo y de abajo para arriba. Los doctores le tomaron la temperatura al agua de las fuentes y apoyaron la oreja sobre los ladrillos, los adoquines y el asfalto. Los ingenieros metieron la cabeza en las cloacas (y tuvieron que taparse la nariz porque allí había un olor a podrido insoportable). Y la bruja... la bruja no hizo nada porque se perdió y la encontraron dando vueltas en la calesita. Cuando ya no les quedó una baldosa sin revisar, los médicos dijeron que la ciudad estaba enferma y los ingenieros, que había que cuidarla un poco más. La bruja no pudo decir nada porque se había mareado en la calesita.

—Menos ruido para que descanse, menos humo para que respire aire puro y menos basura para que no se contamine —ordenaron los médicos e ingenieros.

—Y una cucharada de mi poción mágica —ordenó la bruja.

Y tuvieron que hacerles caso, claro. Porque todos querían regresar a sus casas y llegar adonde querían ir. Todos menos los chicos que preferían seguir yendo a la plaza y no al colegio. Y así, de a poquito, la ciudad se fue curando. Se le acomodaron los barrios, se le enderezaron las calles y los semáforos empezaron a funcionar bien. Incluso empezaron a crecerle plantas por todos lados (que es lo que hacen las ciudades cuando se sienten bien y están contentas). Algunos dicen que fue porque la gente la cuidaba más. Y otros porque todos los días a la medianoche, las autoridades le daban dos cucharadas del jarabe verde que les había vendido la bruja. Aunque la verdad, la verdad, no era una poción mágica, sino sólo un licuado de espinaca con lechuga.




FIN




Cuentos cortitos para leer en un ratito
Colección Torre de Papel Roja
Grupo Editorial Norma
Autora: Liliana Cinetto
Ilustraciones: Silvia Jacoboni (Perica)

Descripción:
Un mago al que todos los trucos le salen al revés, un mosquito que aprende a picar, un monstruo que come árboles, sardinas que reclaman vacaciones, una golondrina desorientada… Muchos cuentos cortitos para que los más chicos se diviertan leyéndolos… en un ratito.

Cuentos cortitos para leer en un ratito consiste en una selección de cuentos breves, escritos en un tono muy cercano a la oralidad, protagonizados principalmente por animales. La personificación contribuye a abordar historias cotidianas, vinculadas a la convivencia, la solidaridad, la ciudad, el trabajo o el estudio desde una perspectiva en donde el humor y la fantasía se dan la mano.

Contenido
Cuando las sardinas pidieron vacaciones, pág. 9
Un trabajo para Catalina, pág. 17
Un misterio en la ciudad, pág. 21
La trompa del elefante, pág. 27
Tancredo cumple años, pág. 33
El monstruo del bosque, pág. 37
Dolor de panza, pág. 43
Hora de dormir, pág. 51
La golondrina de París, pág. 55
La siesta del oso, pág. 61
El mago Pancracio, pág. 69
Un cuento a contramano, pág. 73
Greta, pág. 81

Visto y leído en:
http://www.sanmartin.gov.ar/uploads/1536680833-misterio-en-la-ciudad.pdf
http://norma.kapelusznorma.com.ar/wp-content/uploads/2013/01/CUENTOS-CORTITOS-PARA-LEER-EN-UN-RATITO.pdf

“La lectura abre las puertas del mundo que te atreves a imaginar"

"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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